¿Cómo describir lo que está pasando en Venezuela? Es una tarea imposible. La magnitud de esta tragedia es tan inmensa que cualquier intento por comprenderla termina siendo confuso y desorientador.
La única manera en que he logrado siquiera empezar a procesar lo que está pasando, ha sido imaginándolo como una serie de capas. Capas de horror que existen simultáneamente y que cada venezolano habita de una forma distinta.
Las llamo capas no porque unas ocurran después de otras o porque unas sean más importantes que las demás. Las llamo capas porque todas existen al mismo tiempo. Mientras una persona llora la muerte de un ser querido, otra permanece atrapada bajo los escombros esperando ser rescatada. Mientras un rescatista lucha por salvar una vida, alguien más contempla cómo toda una ciudad desaparece frente a sus ojos. Son experiencias distintas, pero todas pertenecen a la misma tragedia.
Intentaré explicar a qué me refiero, porque siento que esta forma de entender lo que estamos viviendo puede ayudar, aunque sea un poco, a orientarse dentro de algo que parece imposible de abarcar.
Quizás, si logro separar estas capas una por una, esta tragedia deje de sentirse, aunque sea por un instante, como una masa deforme de dolor.
Voy a describirlas en un orden que va desde las más devastadoras hasta aquellas que, aun siendo diferentes, siguen siendo profundamente desgarradoras. No porque unas duelan más que otras, sino porque cada una representa una forma distinta de habitar el mismo horror.
La primera capa es la de quienes perdieron la vida.
Con ellos también comienza el duelo de quienes siguen aquí. Padres que perdieron hijos. Hijos que perdieron padres, hermanos, tíos, primos, parejas, amigos. Personas que despiertan cada mañana intentando comprender cómo es posible que alguien estuviera aquí hace apenas unos días y ahora ya no exista.
Es la capa donde habitan las preguntas imposibles. ¿Por qué ellos? ¿Por qué así? ¿Por qué ese edificio y no el de al lado? ¿Por qué ese miércoles por la tarde? ¿Por qué la vida puede cambiar para siempre en cuestión de segundos?
Son preguntas que buscan desesperadamente una respuesta. Y, sin embargo, casi nunca encuentran una capaz de aliviar el dolor. Porque hay tragedias que no se entienden. Solo se sobreviven.
Quizás esa sea la característica más cruel de esta primera capa: aquí ya no queda nada por hacer. No hay rescate posible. No hay segundos intentos. Solo queda aprender a convivir con una ausencia que apareció de un instante a otro y que acompañará para siempre a quienes permanecen vivos.
La segunda capa es la de las personas que siguen vivas, pero permanecen atrapadas bajo los escombros.
Aquí nos encontramos con el epítome del horror. Pensar en todo lo que eso significa resulta insoportable: el encierro, la oscuridad, la falta de aire, de agua y de comida. No saber la gravedad de las propias heridas. No saber si alguien vendrá. No saber cuánto tiempo ha pasado. O la posibilidad, casi imposible de imaginar, de haber sobrevivido mientras la persona que estaba contigo no lo hizo, y quedar atrapado a su lado durante horas o días, sin poder cambiar absolutamente nada.
¿Qué ocurre dentro de la mente de alguien en una situación así? Honestamente, no lo sé. No creo que nadie que no haya vivido algo semejante pueda saberlo realmente. Quizás el cuerpo, en su inmensa sabiduría, entre en un estado de supervivencia que silencie todas las preguntas y concentre cada último recurso en mantenerse con vida. Quizás algunos se aferren con todas sus fuerzas al milagro de seguir respirando y confíen en que serán encontrados. Otros, agotados por el dolor y el paso de las horas, tal vez solo deseen que todo termine. La verdad es que no lo sabemos. Y esa incertidumbre también forma parte del horror.
Pero en esta misma capa también habitan los milagros.
Habitan los rescatistas. Personas que entregan hasta la última gota de energía de sus cuerpos para sacar a alguien con vida. Muchos de ellos trabajan sin equipos adecuados, sin protección y, en ocasiones, con sus propias manos. Me conmueve profundamente el contraste entre la fuerza descomunal que hace falta para mover toneladas de concreto y la inmensa delicadeza con la que le hablan a quienes permanecen debajo. Mientras levantan piedras, sostienen esperanzas. Encuentran exactamente las palabras que esa persona necesita escuchar para resistir un minuto más.
Y, sin embargo, aquí también aparece otra de las realizaciones más devastadoras de toda esta tragedia: comprender que la magnitud del desastre supera la capacidad de respuesta.
Cuando cientos de edificios colapsan al mismo tiempo, cada rescate requiere decenas de personas y muchas horas de trabajo. Entonces aparece una verdad insoportable: no habrá suficientes manos para todos. No habrá suficiente tiempo. Muy probablemente habrá personas que siguen vivas y que nunca podrán ser alcanzadas. Habrá edificios donde los rescatistas jamás lograrán llegar.
¿Cómo se convive con una realidad así? ¿Cómo se procesa algo semejante? No tengo una respuesta.
Sentada escribiendo estas palabras siento cómo el aire abandona lentamente mi pecho, hasta el punto de sentir las paredes de mis pulmones tocarse al desinflarse.
La tercera capa es la de quienes sobrevivieron.
La de quienes lograron salir de sus casas o de sus edificios apenas unos segundos antes de que todo colapsara. Personas que hoy siguen con vida gracias a una decisión tan pequeña que, hasta ese día, habría parecido completamente insignificante.
Aquí habita el reino de los "¿Y si hubiera...?"
¿Y si hubiera tardado unos segundos más en salir? ¿Y si hubiera regresado a buscar las llaves, el teléfono o mi billetera? ¿Y si hubiera tomado esa siesta? ¿Y si hubiera entrado en la ducha cuando lo tenía planeado?
De pronto, todas esas decisiones diminutas que tomamos cada día de manera inconsciente adquieren un peso insoportable. Porque descubres que una diferencia de segundos pudo haber determinado si hoy estarías vivo, atrapado bajo los escombros o formando parte de la primera capa de este horror.
Creo que esa es una de las formas más silenciosas del trauma. La mente no deja de reconstruir la historia. Una y otra vez imagina la versión en la que tomaste una decisión diferente. La reproduce con una precisión cruel, como si intentara comprender lo que ocurrió, cuando en realidad solo consigue revivirlo.
Y entonces aparece esa pregunta que nunca termina de marcharse.
¿Y si hubiera...?
Una y otra vez…
¿Y si hubiera...?
La cuarta capa es la de quienes siguen vivos, pero lo perdieron todo.
No solo perdieron una casa. Perdieron el lugar donde existía su vida.
Hay personas que vieron desaparecer el apartamento donde criaron a sus hijos. Otras perdieron el hogar donde apenas comenzaban a construir una familia, donde soñaban con el futuro que aún estaba por venir. Algunos perdieron el lugar donde imaginaban envejecer. Otros, el sitio desde el cual estaban empezando a construir sus sueños. Porque un hogar cambia con cada etapa de la vida, pero siempre cumple la misma función: es el lugar donde uno echa raíces. Donde la vida ocurre.
Era su hogar. Su puerto seguro.
Y hay algo profundamente desestabilizador en eso.
Pasar de sentir que tienes un lugar en el mundo, a descubrir, en cuestión de segundos, que ya no tienes nada. Que el suelo firme sobre el que construiste tu vida desapareció bajo tus pies.
No desaparecieron únicamente las paredes. Desaparecieron las fotografías familiares, las cartas, los recuerdos, los objetos heredados y todas aquellas cosas por las que trabajaste durante años. Cada mueble, cada electrodoméstico, cada libro, cada pequeño objeto representaba tiempo, esfuerzo y sacrificio. En un país como Venezuela, muchas de esas pertenencias fueron el resultado de décadas de trabajo. No desaparecieron únicamente sus pertenencias. Desaparecieron años de vida materializados en ellas.
Pero la tragedia no termina cuando cae el edificio.
Para muchos, apenas comienza.
Comienza la vida como damnificados. La de dormir en refugios improvisados junto a cientos o miles de personas. La de no tener una habitación propia, una cama propia, una puerta que cerrar al final del día. La de depender de la ayuda de otros para cubrir las necesidades más básicas. La de no saber dónde vivirás la próxima semana, el próximo mes o año.
Porque perder una casa no es solo perder un lugar. Es perder la seguridad que ese lugar te daba. Es descubrir que aquello que creías permanente podía desaparecer en cuestión de segundos.
Hay pérdidas que no pueden medirse en dinero. El duelo también es por la casa, por esas paredes, por ese hogar que durante años ofreció refugio y seguridad. Pero también es por todo lo que esa casa representaba. Porque, junto con ella, se derrumbó el escenario donde vivían los recuerdos del pasado, la cotidianidad del presente y los sueños del futuro.
La quinta capa es la de quienes todavía tienen un hogar al cual regresar, pero descubren que la ciudad que los esperaba ya no existe.
Sus casas permanecen en pie. Sus habitaciones siguen donde siempre estuvieron. Todavía pueden abrir la misma puerta y dormir en la misma cama. Y, sin embargo, todo es diferente.
Porque un hogar nunca termina en sus paredes.
También es la calle por donde caminabas todos los días. Es el vecino que siempre saludabas desde el balcón. Es la panadería de la esquina. Es la playa, la plaza, el mercado, la escuela, los lugares donde aprendiste a vivir. Es el paisaje que tu memoria reconoce sin necesidad de pensarlo.
Y, de pronto, ese mundo desaparece.
Quizás el edificio donde trabajabas ya no existe. Quizás el colegio de tus hijos también se derrumbó. Quizás el pequeño negocio donde comprabas el pan cada mañana desapareció bajo los escombros. Tal vez el consultorio de tu médico, la farmacia de confianza o la casa de tus mejores amigos ya no están.
De un día para otro, no solo cambia el paisaje. Desaparece toda la estructura sobre la que descansaba tu vida cotidiana. No solo perdiste una ciudad. Perdiste la vida que esa ciudad hacía posible.
Y si decides quedarte, el duelo tampoco termina.
Cada vez que salgas de casa volverás a encontrarte con la tragedia. Las calles por las que caminabas estarán marcadas por edificios derrumbados, terrenos vacíos donde antes había hogares y lugares que ya no existen. Habrá esquinas donde recordarás exactamente quién vivía allí. Habrá edificios cuya ausencia hablará más fuerte que cualquier ruina.
Reconstruir una ciudad lleva años. Mientras tanto, quienes permanecen tendrán que aprender a vivir rodeados de los recuerdos físicos del desastre. Cada trayecto al trabajo, cada compra en el supermercado, cada paseo por el barrio será también un recorrido por la memoria de lo que se perdió.
La ciudad seguirá teniendo el mismo nombre, pero ya no será la misma ciudad. Y quienes continúen viviendo allí tendrán que aprender a convivir, cada día, con ese paisaje del horror.
La sexta y última capa es, quizás, la más difícil de comprender.
Es la capa donde la tragedia deja de ser únicamente natural y se encuentra con otra tragedia, una que los venezolanos conocemos desde hace demasiado tiempo: la social, la económica y la institucional.
Porque, en medio de un desastre de esta magnitud, uno quisiera creer que todas las personas empujarán en la misma dirección. Que cualquier diferencia desaparecerá frente a la urgencia de salvar vidas. Que la solidaridad será suficiente para unirnos.
Y, sin embargo, no siempre ocurre así.
Es profundamente doloroso descubrir que quienes intentan ayudar no solo tienen que enfrentarse a los escombros, al tiempo y al cansancio. También deben enfrentarse a obstáculos creados por otros seres humanos. A la corrupción, a los intereses particulares, a la burocracia, a quienes ponen el poder por encima de las personas.
¿Cómo se entiende eso?
¿Cómo se comprende que, mientras algunos arriesgan su vida para salvar a desconocidos, otros dificulten que esa ayuda llegue a quienes más la necesitan?
Creo que esa es una de las heridas más profundas de esta tragedia. Porque el terremoto destruyó edificios y hogares. Pero la falta de humanidad destruye algo todavía más difícil de reconstruir: la confianza.
No quiero decir con esto que todas las instituciones o todas las personas sean iguales. No lo son. Dentro de ellas también hay hombres y mujeres extraordinarios que han arriesgado su vida ayudando a otros. Sería injusto no reconocerlo.
Pero cuando el bien, también tiene que luchar contra quienes deberían facilitar su camino, el horror adquiere una dimensión distinta.
Quizás lo más difícil de aceptar es que, incluso en medio de una tragedia de esta magnitud, tengamos que enfrentarnos y convivir con los carroñeros del horror.
Estoy segura de que existen muchas otras capas que no soy capaz de describir. Y, en realidad, casi nunca los límites entre ellas son claros. Se mezclan, se superponen y se entrelazan de manera distinta para cada persona.
Yo crecí entre Caracas y La Guaira. Y tengo la inmensa fortuna de que mis seres queridos no estaban en sus hogares cuando ocurrió la tragedia. La casa de mi abuela resistió los embates de la tierra y ella, junto con mi tío, salieron ilesos. Mi madre perdió el apartamento que tenía en La Guaira, pero también está viva.
Y, aun así, siento todas estas capas dentro de mí.
Porque la devastación es tan inmensa que ya no hace falta haber perdido directamente a alguien para sentir el peso de esta tragedia. Todos conocemos a alguien que perdió un ser querido. Todos conocemos a alguien que hoy no sabe donde estan sus familiares y amigos. Todos conocemos a alguien que perdió el hogar donde había construido su vida. Todos conocemos a alguien que perdió el trabajo, el barrio donde creció o el futuro que imaginaba.
Quizás por eso estas capas nunca pertenecen por completo a una sola persona. Se expanden. Se mezclan. Nos atraviesan a todos.
Escribir estas palabras no cambia nada de lo ocurrido. No devuelve a quienes perdieron la vida. No reconstruye las casas que desaparecieron ni borra el dolor de quienes tendrán que aprender a vivir con esta tragedia. Pero quizás, ponerles nombre a algunas de estas capas haga un poco menos imposible cargar con ellas.
Después de escribir todo esto, sigo sintiendo que no existen palabras suficientes para describir lo que está ocurriendo.
Mi amada Venezuela, estas páginas hablan de las capas de horror que hoy, como venezolanos, estamos atravesando. Pero quienes te conocemos sabemos que tú eres mucho más que esta tragedia. En tus paisajes habita una belleza inmensa; en tu gente, una capacidad infinita de amar, de tender la mano y de levantarse una y otra vez. Esa es la Venezuela que también existe y que jamás dejaré de reconocer.